Julián Marías según Harold Raley

Harold Raley parte de la base de que Julián Marías, el insigne filósofo español del siglo XX, necesita un crédito como figura analítica de la realidad social independientemente de su mentor José Ortega Gasset, otro pilar sine qua non de nuestra historia contemporánea. En este libro, Raley, un especialista incansable en la trayectoria profesional de los dos próceres anteriores, se conjura para devolver merecido protagonismo a Marías y su obra. Ciertamente, parece que precisamos del punto de vista extranjero para entender lo que aquí se cuece, el hecho de que un profesor de Alabama destine parte de su tiempo en a desmenuzar los temas clave de nuestra filosofía reciente tiene mucho en común con otros trabajos de enjundia sobre celebridades patrias tipo el realizado por Ian Gibson sobre Federico García Lorca.

Pero adentrándonos en materia, Raley se convierte por enésima vez en protavoz de Ortega cuando le parafrasea, “La filosofía occidental ha solido partir de dos supuestos fundamentales: 1) que además de su inmediata relación con nosotros, las cosas poseen una segunda y más importante realidad llamada ‘ser’, que trasciende lo occidental de la circunstancia y el cometido inmediatos; y 2) que la tarea filosófica del hombre consiste en descubrir y describir esta segunda realidad”. Siguiendo con su interpretación de Ortega, el ser es, pues, un medio de manipular la realidad para poder vivir en este mundo y en palabras de aquél: “el ser es la balsa a la que el hombre-náufrago se agarra en el océano de las cosas para salvarse”.

De acuerdo con Raley en el capítulo sobre la vida como fundamento metafísico, Marías describe la vida como “la forma concreta de la razón” y el autor del libro remata añadiendo que vivir significa nada menos que tener un razón para hacer lo que hay que hacer”.

En cuanto a la estructura social, dice Raley, sin una noción precisa de la realidad social, la historia se convierte en el relato nebuloso e incierto de acontecimientos, vidas, catástrofes, guerras y accidentes que flotan en la superficie del tiempo sin otra relación que la cronológica y con la gloria o el baldón por único atributo. Esto era la historia para Herodoto. Para él, como para la mentalidad griega en general, la historia era el registro de los sucesos y vidas memorables. Frente al olvido al que están sometidas la infinita mayoría de las cosas, la historia representaba el precioso acervo de las que el tiempo había respetado. Dentro de este capítulo, es muy interesante, asimismo, el enfoque de Ortega sobre el concepto de generación: “una generación es una zona de quince años durante la cual una cierta forma de vida fue vigente. La generación sería, pues, la unidad concreta de la auténtica cronología histórica, o, dicho de otra forma, que la historia camina y procede por generaciones”. Todo ello ratificado por Julián Marías en su libro “La Estructura Social”. Luego están las fases de las generaciones, harto elocuentes:

1) Los primeros quince años: niñez.

2) De los quince a los treinta: juventud.

3) De los treinta a los cuarenta y cinco: iniciación.

4) De los cuarenta y cinco a los sesenta: predominio.

5) De los sesenta a los setenta y cinco: vejez.

Evidentemente, a cada acepción sigue una nota explicativa que ya dejo para el amable lector de este blog.

Pinceladas finales. Para Marías “el hombre no es sólo mortal sino también ‘moriturus’ (el que debe morir)”.  ¿Y si no hubiese un final? Raley argument que “si no nos ciegan las suspicacias nihilistas, debemos admitir también la posibilidad de una supervivencia tras la muerte. Y si así fuese, ¿para qué todo lo anterior? ¿por qué no se nos puso directamente en la eternidad? Resulta que, en vez de justificar la vida terrenal, la eternidad amenaza con hacerla ininteligible y absurda”. Y, al menos, en el tiempo que nos toque vivir “el destino humano consiste en ser lo que uno ha deseado verdaderamente ser. Somos responsables de lo que seremos; lo que sea de nosotros será obra nuestra”.

¿Qué es la vida? Para Ortega es “de suyo insípida, porque es un simple estar ahí. De modo que existir se convierte para el hombre en una faena poética, de dramaturgo o novelista: inventar a su existencia un argumento, darle una figura que la haga, en alguna manera, sugestiva y apetecible”.

En resumen, certifica Marías, “la vida es como una novela”.

Harold Raley, “La Visión Responsable” (prólogo de José Luis Pinillos). Espasa-Calpe, S.A. Madrid (1977)

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